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Proyecto Varela: la obra maestra de Payá y el MCL
Empezó como la visión febril de un moderno profeta. Lo insólito es que
se materializara. Los protagonistas nos cuentan cómo.
Rolando Cartaya
septiembre 06, 2013

El laico cubano Dagoberto Valdés, ex miembro de la Comisión de Justicia
y Paz de la Iglesia Católica y ex director de la prestigiosa revista
Vitral y ahora de Convivencia, ha llamado al Proyecto Varela “el
ejercicio cívico más importante en el último medio siglo” en Cuba.

Algunos datos rápidos pueden confirmar esa aseveración: a pesar del
“miedo ambiente”, cerca de 25.000 cubanos –se entregaron a la Asamblea
Nacional 11,020 firmas en mayo del 2002 y 14,384 en octubre del 2003–
avalaron con sus nombres, rúbricas, direcciones y números de carnet de
identidad su apoyo al Proyecto; el gobierno se vio forzado a convocar
una de sus votaciones compulsivas para enmendar su propia Constitución y
blindar como “irrevocable” el socialismo totalitario; y más de la mitad
de los 75 condenados de la Primavera Negra del 2003 pertenecían a lo que
la gente había empezado a llamar “los Varela”, los infatigables gestores
del programa que se quería llevar a plebiscito.

Se necesitaría tener la visión política y la ecuanimidad cristiana que
reunía el ingeniero Oswaldo Payá Sardiñas para concebir y luego
convertir en realidad un proyecto despojado de rencores, polaridad y
apasionamientos, diseñado de forma tal que muchos cubanos pudieran
apoyarlo a la primera lectura.

En entrevista con el periodista cubano radicado en México Edelmiro
Castellanos, publicada por la revista Letras Libres, Payá, que había
fundado en 1988 el Movimiento Cristiano Liberación (MCL), resumió la
esencia de su plan:

“Entre 1996 y 97, redacté el Proyecto Varela, que el MCL adoptó como
propio. Se basa en un derecho establecido en la Constitución vigente,
según el cual los ciudadanos pueden proponer cambios en el orden
jurídico, y así se propone que, mediante la consulta popular, el pueblo
decida sobre la realización de los cambios y el alcance de los mismos.
Este referéndum no es sobre un sistema político, sino sobre algo más
primario, los derechos fundamentales, que ni la ley ni la práctica
respetan. El pueblo decidiría si la ley debe cambiar para que se
garanticen esos derechos”.

Al basarse en un derecho presente en la Constitución Socialista de 1976
(el consignado en el artículo 88 que permite a los ciudadanos proponer
leyes si 10.000 electores registrados presentan sus firmas a favor de la
propuesta), Payá aprovechó, como antes los movimientos disidentes de
Europa del Este, los errores del contrario. Por ejemplo, Carta 77 en
Checoslovaquia se basó para sus demandas en la firma, ratificación y
promulgación por el gobierno comunista de los Pactos Internacionales de
Derechos Humanos. Un “error” que el gobierno totalitario cubano sigue
aplazando hasta las calendas griegas.

Vale la pena dejar constancia de que Payá nunca fue un disidente, porque
no fue ni pionero, pero sí fue reprimido por sus principios (una vez lo
condenaron a trabajos forzados por negarse a transportar a unos presos
políticos mientras cumplía el Servicio Militar) y por lo que Dagoberto
Valdés llama “el martirio civil cotidiano de todos los que son tratados
como ciudadanos de segunda clase, como “no confiables” (…) por tener
creencias religiosas.

Además de su legalidad, importante para vencer el “miedo ambiente”
cubano, el Proyecto Varela tenía las virtudes de su sencillez y su
sensatez: cinco puntos a llevar a un referendo, que cabían en un pequeño
plegable, se podían leer en un minuto, y con los cuales cualquiera se
podía identificar:

–Derecho a la libre asociación.

–Derecho a las libertades de expresión y de prensa.

–Amnistía para los presos políticos.

–Derecho de los cubanos a formar empresas de propiedad individual y
cooperativa, armonizando esta participación de los ciudadanos en la
economía con la orientación social de la empresa, el respeto al
consumidor y los derechos de los trabajadores.

–Una nueva ley electoral, para que los candidatos a delegados a la
Asamblea Municipal y la Provincial, y los candidatos a Diputados a la
Asamblea Nacional fueran propuestos y escogidos directamente por los
electores de su circunscripción, con pluralidad de candidatos y permiso
para hacer campaña electoral.

El impacto internacional del Proyecto Varela es conocido: el presidente
Jimmy Carter lo alabó públicamente en La Habana en mayo del 2002, apenas
días después de la entrega de las primeras firmas. Y el Parlamento
Europeo le otorgó a Payá su Premio Andrei Sájarov de 2002 a la libertad
de conciencia. El prestigio del fundador del MCL era tal que el gobierno
accedió a que viajara a Estrasburgo a recoger el galardón en noviembre
de 2002.

Y nadie le creyó al inefable canciller Felipe Pérez Roque cuando meses
después intentó justificar la ola represiva de marzo del 2003 y
desacreditar al proyecto y su autor—quien a diferencia de otros
opositores nunca aceptó ayuda de Estados Unidos—con las consabidas
acusaciones de mercenarios pagados por USA: “El Proyecto Varela forma
parte de la estrategia de subversión contra Cuba, ha sido concebido,
financiado y dirigido desde el exterior, con la participación activa de
la Sección de Intereses norteamericana en La Habana; forma parte del
mismo esquema de subversión, no tiene el menor asidero en las leyes
cubanas, es una burda manipulación de la Constitución y las leyes de Cuba”.

Pero lo que le preocupaba más al gobierno no era el impacto
internacional del proyecto, sino justamente su autenticidad y la
extraordinaria movilización social que estaban logrando sus activistas
alrededor de un plan oficialmente vetado como “contrarrevolucionario”.

DEL SUEÑO A LA REALIDAD

A principios del 2002 recuerdo haber llamado por teléfono desde Radio
Martí al periodista independiente camagüeyano Alejandro González Raga.
Desde 1995 el periodismo independiente se había ido extendiendo por toda
la isla y yo peinaba telefónicamente a diario el territorio nacional, en
busca de crónicas y reportajes, en las voces de sus autores, para el
programa Sin Censores ni Censura. Pero González Raga me pidió que lo
disculpara, porque él y su colega y coterráneo Luis Guerra Juvier
estaban tan ocupados recogiendo firmas para el Proyecto Varela que no
tenían tiempo para escribir.

Una decisión que hasta hoy no lamenta, pese a que González Raga cumplió
en las prisiones cubanas la mitad de la sentencia a 14 años de prisión
dictada contra él en abril del 2003. Desde Madrid, donde vive desterrado
y dirige el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, contó a
martinoticias sus vivencias en torno al “ejercicio cívico más importante
en el último medio siglo en Cuba”.

“Los plegables, con una síntesis del proyecto y la boleta para recoger
las firmas, nombre, dirección y número de identidad de hasta diez
firmantes, había que ir a recogerlos a La Habana, a casa de Oswaldo.
Traíamos cada vez entre varios centenares y un millar. Luego repartíamos
los plegables en la calle, o tocando puertas, o visitando a amigos que
invitaban a otros amigos –hay que recordar que no había celulares, nos
comunicábamos cara a cara–. Y animábamos a quienes lo leían a firmar
allí mismo. En algunos casos nos tiraban la puerta en la cara, o nos
botaban de sus casas, pero también otros se sensibilizaban con el tema y
hasta acababan recogiendo firmas”

“En la primera entrega nosotros desde Camagüey y Ciego de Avila
aportamos unas 600 firmas. Originalmente eran más de mil, pero después
hubo que verificarlas. Oswaldo quería que todo estuviera en regla, y
ciertamente se detectaron firmas falsas. Por eso se regresaba a las
direcciones de los firmantes para confirmar con ellos que habían
suscrito el proyecto”

LAS CLAVES DEL CARNET DE IDENTIDAD

Osmel Rodríguez, hoy en Miami, explica una de las claves que tenían los
gestores en Villa Clara para detectar las firmas falsas. “En los números
del carnet de identidad de Cuba los primeros dígitos te dan la fecha de
nacimiento. Pero casi nadie sabe que los últimos identifican la
provincia y el género. A través de ese mecanismo nosotros pudimos
constatar que algunas firmas eran falsas”.

“Llegábamos donde los firmantes sin preguntar mucho, y les decíamos que
queríamos entregarles un reconocimiento por firmar el Proyecto Varela, y
que si podían firmar como constancia de haberlo recibido (incluyendo, de
nuevo, el número de carnet de identidad). En algunos casos nos decían:
‘Sí, yo firmé, pero ¿tú crees que aquí podría firmar mi sobrino y un
amigo mío que vive aquí atrás?’. Y otros: ‘¿Tú eres de la Seguridad del
Estado? Pues sí, yo lo firmé ¿y qué?’”.

Rodríguez explica que en la segunda etapa, después de la Primavera Negra
que sacó de circulación a muchos gestores del proyecto, aplicaron un
método de “progresión geométrica”: a los que habían firmado les llevaban
boletas para que ellos a su vez recogieran firmas. Así,
inexplicablemente para el régimen, que creía haber privado a Oswaldo de
sus mejores activistas, en octubre de 2003 el líder del MCL entregó casi
un 30 por ciento más de firmas que en mayo del 2002.

“DIJERON QUE NOS IBAN A AHORCAR”

Pero los firmantes deben haber sido muchos más, sólo que una parte
importante del acoso de la policía política contra los gestores
consistía en arrebatarles las firmas. De las más de 5.000 acopiadas en
las provincias orientales sólo en la primera entrega Jesús Mustafá
Felipe recogió 364, la mayoría en Palma Soriano, pero también en
Santiago de Cuba y hasta en la Sierra Maestra.

“No paraba, sólo iba a la casa a almorzar y seguía. Y claro, tenías que
abordar a muchas más personas que las que te firmaban, porque te decían
‘eso está muy bueno pero no lo puedo firmar’”. Es más, yo fui testigo de
como visitaban a los que habían dado su firma para que se retractaran”.

“Y eso cuando no te las quitaban. Recuerdo que una vez fuimos a las
Minas de Cambute y cuando regresábamos tuvimos que internarnos en la
Sierra y dar un rodeo para burlar un punto de control, porque nos
estaban esperando para quitarnos las firmas”.

“En otra ocasión regresábamos 15 en un camión de Las Tunas, donde
habíamos ido a apoyar una protesta, y nos pararon cerca de Pinos de
Baire, donde habían concentrado una brigada de respuesta rápida
integrada por campesinos. Nos golpearon, nos arrastraron por el terreno,
y sacaron una soga y nos amenazaron con ahorcarnos. Nos abrazamos, nos
dimos las manos y comenzamos a cantar el Himno Nacional. En ese episodio
nos quitaron unas 200 firmas que llevábamos”.

En el juicio de Mustafá en abril del 2003, los cinco encartados,
miembros del Grupo de los 75, eran gestores del Proyecto Varela: él,
Leonel Grave de Peralta, Alexis Rodríguez Fernández, Ricardo Silva Gual
y José Daniel Ferrer. Entre los cinco la “justicia” revolucionaria
repartió 95 años de cárcel.

LA SEMILLA

González Raga recuerda que la experiencia que más le marcó alrededor del
Proyecto Varela fue la de los muchachos de la universidad de Camagüey.
“Jorge Enrique Ribes Peña, un activista, nos presentó a una muchacha,
Karina, que estudiaba farmacéutica en el Instituto Superior de Ciencias
Médicas. Ella firmó de inmediato y nos pidió que fuéramos el fin de
semana a su casa en el municipio Florida, que iba a llevar a algunos
compañeros suyos que estaban interesados en conocer el Proyecto Varela.
Fuimos yo y Alfredo Pulido, otro de los 75, y allí conocimos a Roger
Rubio y Harold Cepero, dos jóvenes católicos que terminarían siendo
expulsados de la universidad por involucrarse con el proyecto”.

“Roger, Harold y Karina se conocían de conferencias y retiros
espirituales que organizaba el padre Alberto Reyes Pía. En uno de ellos
los muchachos le preguntaron por el Proyecto Varela y el sacerdote les
explicó, y de ahí nació la inquietud. Después de nuestra entrevista un
grupo de jóvenes de Medicina Veterinaria, la carrera que cursaba Harold,
pidieron a las autoridades universitarias que les explicaran por qué no
se daba curso legal al Proyecto Varela. Luego hubo algunos actos de
vandalismo estudiantil, dañaron un mural alegórico al Desembarco del
Granma. La cosa acabó con la expulsión de tres universitarios, entre
ellos Roger y Harold”

Desde Missouri, en EE.UU., a Roger se le quiebra la voz hablando con
martinoticias.com de Harold, fallecido en circunstancias aún no
aclaradas en julio del 2012 junto a Payá. Su amigo había crecido en la
oposición cívica al totalitarismo hasta convertirse en hombre de
confianza del líder del Movimiento Cristiano Liberación. Roger cursaba
otra carrera, Educación Plástica, en el Pedagógico, pero los dos
compartían en los dormitorios y con amigos comunes.

Luego de la reunión en casa de Karina se dedicaron a dar a conocer el
proyecto y recoger firmas en la Universidad y fuera de ella. Como quería
Payá, habían perdido el miedo

“Cuando el gobierno pretextando un discurso del presidente George W.
Bush el 20 de mayo, inició esa campaña para hacer ‘irrevocable’ el
socialismo, nosotros sostuvimos fuertes debates en los dormitorios de la
Universidad para aclarar que la verdadera razón era el Proyecto Varela.
Fueron debates espontáneos, pero abiertos, en los que participaron
bastantes estudiantes”.

“Después de eso empezaron a llamar a algunos de nosotros, a Harold, Joan
Columbié, a mí, para que nos reuniéramos con el primer secretario del
Partido Comunista en la Universidad; y a enviarnos mensajes con otros
compañeros de que íbamos a tener problemas. Como no nos dejamos
amedrentar, a mí me llamaron y me expulsaron en septiembre. En
noviembre, a Harold y Joan los llevaron a un acto de repudio para
expulsarlos también”.

“Harold fue mi mejor amigo desde que nos conocimos en 2002. Fuimos más
que amigos, familia. Me despidió cuando partí a Estados Unidos. Era una
persona alegre, tenía muchos amigos y vocación de líder, le gustaba el
deporte, y se tomaba los problemas de sus amigos como si fueran suyos.
Era alguien muy especial. Si estuvo estudiando en el seminario para
hacerse sacerdote fue porque vio la necesidad que tenían los jóvenes
cubanos de formación cristiana para que hubiera un cambio de vida en
Cuba. Estamos convencidos de que fue asesinado”.

“Como Payá, con quien no tuve muchos encuentros, pero que fue para mí un
maestro del que aprendí muchas cosas por lo que decía sobre la vida y la
realidad cubanas. Es muy difícil encontrar gente como él en Cuba,
precisamente porque el gobierno cubano trata de deshacerse de ellos de
alguna manera, ya sea forzándolos a que salgan del país, o enviándolos a
la cárcel. O asesinándolos, cuando puede. Estoy muy agradecido por
haberlos conocido a los dos, a Payá y a Harold”.

Source: “Proyecto Varela: la obra maestra de Payá y el MCL” –
http://www.martinoticias.com/content/article/27192.html

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