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¿Llegar a los cambios por un estallido contra el régimen?
ANTONIO G. RODILES | La Habana | 5 Ago 2014 – 9:21 am.

Quienes deseamos vivir en democracia no podemos caer en el juego fatal
de irnos al final apocalíptico que tanto ha soñado legarnos Fidel Castro.

Inmediatamente después de la caída del bloque comunista los cubanos
intentaron abandonar el país en cualquier condición. No importaba el
medio empleado para la fuga, la cuestión era abandonar el infierno en el
que el castrismo había convertido la “isla paradisiaca”. El deseo de
evasión era compartido por casi todos los estratos sociales.

Pasaron 45 años para que en Cuba volviera a ocurrir una protesta pública
de envergadura. Más de cuatro décadas, en los que la represión, el
escarmiento y el control social, habían sido suficientes para frenar el
descontento que se iba acumulando, por los recurrentes vicios y fracasos
de un gobierno totalitario y despótico.

El año 1994 venía cargado de atrocidades y miseria. Los sucesos
violentos en Regla, Cojímar y, como culminación, el terrible crimen del
remolcador 13 de Marzo, detonaron la estampida como vía de escape. El
castrismo tenía muy mal recuerdo de estas reacciones populares. Ya en
1980, miles de cubanos se refugiaron en pocos días en la Embajada del
Perú buscando huir del “paraíso socialista”. Volver a permitir un éxodo
era un riesgo que se correría solo en caso extremo.

El 5 de agosto de 1994 despertó una ilusión en el imaginario cubano
dentro y fuera. Una explosión social sería la vía para terminar con la
dictadura más larga que ha existido en el hemisferio. En esa época no
existía al interior un movimiento opositor que pudiera convertirse en
opción de gobierno. Sí un pequeño grupo de activistas que, sumados a una
sociedad con suficiente capital humano, habrían podido encauzar una
transición democrática si el régimen hubiera mostrado la voluntad
política para comenzar cambios de fondo.

Pero Fidel Castro y su grupo dejaron bien claro que no estaban
dispuestos a ceder y que matarían de ser necesario. A los procesos
judiciales a militares del más alto rango y aliados muy cercanos en
1989, se sumó luego la expulsión de académicos y estudiantes de las
universidades y el ataque y censura a intelectuales.

Maniobrarían rudo y sacrificarían lo necesario para mantener el poder,
como dejó manifiesto Fidel Castro en su amenazante discurso con motivo
del primer año del Maleconazo. Las señales eran enfáticas y tenían el
tufo mafioso acostumbrado.

Veinte años después, metidos en un tiempo de bifurcaciones, continuamos
a la espera del ansiado cambio en Cuba. Algunos sostienen la apuesta por
otro Maleconazo que barra el castrismo y nos haga despertar en la calma
de una democracia. Pero la realidad es más rigurosa, veinte años después
la sociedad cubana está rota. Imaginar el cambio de esta manera resulta
peligroso en una nación desarticulada y diezmada en su capital humano.

La protesta social es mecanismo fundamental y respuesta inevitable ante
tanto maltrato e indefensión. Pero de no estar bien arropada puede
llevarnos a escenarios impredecibles. Sin una sociedad civil, con
capacidad de articulación y cohesión social, un colapso del sistema es
un escenario que se vislumbra caótico. Muchos actores políticos, dentro
y fuera de la Isla, lo vemos con recelo por lo incierto que pudiera
resultar. Pensar el cambio solo como un estallido contra el régimen es
una opción inmadura, si la democracia es el objetivo final.

El castrismo siempre ha tenido como estrategia romper para después
controlar. Rearmar la sociedad y asumir el cambio desde sus
complejidades es hacia donde debe estar enfocado el reto del trabajo
opositor.

Cobra importancia cardinal el uso de herramientas universales como los
Pactos de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Daría el sustento legal,
por ejemplo, a la creación de una nueva ley de asociaciones que marcaría
un giro sustancial de ser ejecutada. La oposición debe presionar, con
sagacidad y fuerza, para abrir las compuertas a los espacios que le
corresponden por ley natural a toda la sociedad cubana. Los cubanos
deben, aunque sea en forma incipiente, comenzar a armar lo que el
totalitarismo les ha incautado. Una transición efectiva tiene que contar
con la implicación de una base social amplia si desea tener la
legitimidad necesaria.

En esta lógica de trabajo es vital el apoyo de la comunidad
internacional. Las naciones democráticas deben lanzar un mensaje directo
y claro en referencia al respeto a las libertades fundamentales que nos
son inherentes. No se le puede regalar nada a quienes violan de manera
sistemática e impune los derechos fundamentales de su pueblo.

Quienes deseamos vivir en democracia no podemos caer en el juego fatal
de irnos al final apocalíptico que tanto ha soñado legarnos Fidel
Castro. El castrismo en su núcleo duro ha mostrado que no siente la más
mínima responsabilidad por esta nación y si un desprecio absoluto por
este pueblo.

Resulta una imagen muy tentadora para algunos el colapso del régimen con
miles de cubanos arrasando con el castrismo después de tantos años de
atrocidades. Para los que vivimos dentro de la Isla y velamos por la
seguridad de nuestras familias, no creo sea la opción más deseada. Antes
debemos agotar varios recursos que tenemos a mano y no hemos explorado
lo suficiente. Rebasar este período también dependerá de criterios
claros y verticales. La mentira y la simulación son las armas del
régimen. Nuestro discurso debe tener como axioma el pleno goce de los
derechos y libertades fundamentales.

El Maleconazo fue el resultado de una coyuntura extrema y del impulso
desesperado y espontáneo de miles de cubanos. La respuesta del Gobierno
fue abrir la válvula de escape. Dos décadas después, el paisaje social
y político es muy distinto. Debemos impedir en Cuba la transferencia del
poder de una elite octogenaria y corrupta a sus herederos y cómplices.
Pero en el seno mismo del sistema están parte de los protagonistas y
garantes de un cambio que ya es inevitable. Que la visión apocalíptica
del derrumbe total no se imponga como sinónimo de transición.

Del éxito en esta difícil encomienda dependerá la estabilidad y
seguridad de nuestra Isla y de la región y la construcción de una
verdadera democracia.

Source: ¿Llegar a los cambios por un estallido contra el régimen? |
Diario de Cuba – http://www.diariodecuba.com/cuba/1407196273_9808.html

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