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Una historia mínima de la Revolución
ENRIQUE DEL RISCO | Nueva Jersey | 27 Sep 2015 – 9:53 am.

El de Rafael Rojas es un libro necesario en el que se echan de menos
conceptos tan elementales como dictadura y totalitarismo.

Mientras cada vez se hace más difícil justificar la adición de nuevas
novelas a los ya interminables catálogos de las editoriales, hay libros
que no deben hacer mucho por justificar su existencia, cuya mera
inexistencia supone un vacío imperdonable. Sobre todo en el caso de
aquellos que sirven lo mismo para cubrir necesidades escolares que para
actualizar la imagen que un pueblo tiene de sí mismo. Libros tan
necesarios como un espejo en una casa. O —si queremos extender la
metáfora e imaginarnos a ese pueblo moviéndose en el tiempo— tan
indispensables como los retrovisores en un carro.

En el caso de Cuba, dada la ausencia de buenas historias de la música o
de sus avatares políticos, el vacío va adquiriendo dimensiones
vergonzosas. (“Casi tan vergonzoso como el de las circunstancias
presentes”, iba a decir pero me contendré para no mezclar el presente
con un libro dedicado al pasado.) De ahí que la Historia mínima de la
Revolución cubana escrita por Rafael Rojas deba ser recibida con el más
puro agradecimiento. Aunque sea porque ya tengo respuesta para la
insistente pregunta de mis amigos sobre qué manual sobre la historia de
Cuba reciente puedo recomendarles. Porque, a excepción del famoso libro
del británico Hugh Thomas (que ya va quedando desfasado en el tiempo y
para el que la precisión de nombres y fechas no constituía una
prioridad) y de otro puñado de esfuerzos apreciables pero limitados,
durante décadas el vacío solía ser rellenado por libros que pertenecían
a géneros algo diferentes como el de la propaganda o la denuncia.

Que un libro tan necesario para el imaginario nacional sea encargado por
una colección de historias mínimas de una editorial hispano-mexicana no
es necesariamente novedoso ni inconveniente: baste recordar que la más
famosa biografía del héroe nacional cubano, Martí, el Apóstol, fue en su
origen un encargo de la española Espasa-Calpe para su colección “Vidas
españolas e hispanoamericanas del Siglo XIX”. La asepsia que supone un
encargo de esta especie y el formato sintético que exige la colección,
que lo mismo incluye en su catálogo historias mínimas del País Vasco y
Centroamérica que la mitología universal, contribuyen tanto a su mesura
como a su brevedad.

Encargos así son los que deciden a intelectuales tan atareados como
Rafael Rojas a redactar un texto tan necesario como arduo e ingrato.
Ingrato como dirigir una antología de poetas vivos o a la selección de
algún deporte nacional en una competencia importante: cualquier
recompensa que exista de por medio será mucho menor que el peso de
lidiar con tanta sensibilidad herida, tanta opinión ultrajada.

Debe tenerse en cuenta, además, que un manual como el que nos ocupa
tiene muy poco, si algo, de investigación, y mucho de resumen del estado
de la materia en cuestión, de análisis cuidadoso, de delicado
equilibrio, de sutil montaje y de exclusión brutal de un montón de
detalles que en otras historias más extensas o detalladas deberían ser
incluidos. Tanto de la perspicaz comprensión de la historia cubana por
parte del autor como de su minuciosa actualización en cuanto a los
avances discretos pero visibles que ha hecho la historiografía sobre la
revolución cubana, provienen dos de los principales méritos del libro:
la actualidad de un relato que incluye hasta los recientes acercamientos
entre los gobiernos de Cuba y EEUU, y una estructura del texto que
conecta y equilibra todo el material incluido.

Junto a los ya inevitables capítulos en los que se resume el estado de
la República antes del golpe de Estado, la instauración de la dictadura
batistiana, la insurrección contra esta, el triunfo revolucionario, las
sucesión de leyes revolucionarias y nacionalizaciones, la invasión de
Playa Girón o la Crisis de los Misiles, Rojas inserta otros temas y
capítulos menos convencionales en este tipo de relatos como la oposición
pacífica a Batista, la diferenciación entre un primer y un segundo
gobierno revolucionario, la oscilación ante la disyuntiva que
representaban el Che Guevara y Moscú, la sovietización de la estructura
estatal y de la cultura y la sociedad cubana, y termina con el más
debatible logro de esta historia mínima, que es la de fijar la fecha del
fin del proceso revolucionario en 1976.

“El libro que acabó con la Revolución”

Si no hubiese otras razones, este texto podría trascender como “el libro
que acabó con la Revolución”, aunque solo sea de manera conceptual y
metodológica, al relegar el resto de la permanencia de los Castros en el
poder hasta nuestros días —casi tres décadas— a una región indeterminada
que reparte la bonanza, la crisis y la esperanza.

El libro se encarga, por otro lado, de desmontar sin aspavientos una
buena parte de la mitología castrista, como cuando afirma que la crisis
de la República que dio paso a la Revolución “tuvo un carácter
específicamente político” (pág. 21) y no económico o estructural. O al
darle relevancia a la opción pacífica que intentó solucionar la crisis
política e institucional creada por la instauración de la dictadura
batistiana. O al señalar la importancia de los sindicatos en Cuba para
instrumentalizar las diferentes maniobras políticas tanto de Batista
como de Fidel Castro. O al recordar que hubo una época en que —a
diferencia del actual énfasis nacionalista— la ideología oficial no
concebía a la Revolución Cubana como un proceso continuo que había
comenzado con la guerra de independencia de 1868 y culminado con el
triunfo revolucionario de 1959, sino “como parte de una historia mundial
basada en el conflicto entre el socialismo y el capitalismo, desde el
estallido de la Revolución bolchevique de 1917″ (pág. 178). O al
describir el conflicto armado que sacudió al país en la primera mitad de
la década del 60 como una guerra civil (aunque en el libro se reduce el
conflicto a las montañas del Escambray, hay que recordar que llegó a
haber focos de rebeldes en las seis provincias de entonces), Rojas se
desmarca de la manida oposición de revolucionarios versus
contrarrevolucionarios para definirlo de una manera más certera como
“choque entre dos maneras irreconciliables de entender la Revolución”
(pág 130).

Frente al establecido artículo de fe que afirma que los participantes en
la invasión de Bahía de Cochinos eran “mercenarios al servicio del
imperialismo”, Rojas comenta que “es equivocado imaginar a aquellos
miles de jóvenes, en su mayoría católicos y partidarios de la revolución
antibatistiana, como peones de Washington o marionetas de intereses
económicos afectados. Para ellos la CIA era un soporte tan ineludible
como incómodo, ya que la causa que los movilizaba provenía de los
valores democráticos y nacionalistas de la Constitución del 40″ (pág. 129).

Por otra parte, la reconocida habilidad de Rojas para el análisis
textual le permite sacar buenos dividendos de ciertos textos que,
repasados hasta el cansancio, parecían no dar más de sí. Consigue así
cuidadosas disecciones de los varios pactos opositores contra Batista o
de la Constitución Socialista de 1976 y sus posteriores reescrituras,
pasando por la Ley Fundamental de 1959 que sustituyó a la Constitución
de 1940, y por algunas de las polémicas económicas, políticas e
intelectuales que se desarrollaron en los primeros años del Gobierno
Revolucionario.

En los casos en los que la historiografía ha avanzado bastante menos,
Rojas ha tenido que conformarse con las versiones más tradicionales y
oficiosas pero no necesariamente creíbles. Como sucede con la tesis de
que la caída del régimen batistiano se debió a que la fuerza guerrillera
comandada por Fidel Castro consiguió derrotar militarmente a un ejército
cientos de veces más numeroso. Rojas no parece caer en cuenta que
aquellas famosas “batallas” a las que se refiere en su libro poquísimas
veces pasaron de un par de centenares de efectivos por bando. Que
aquellos combates celebrados casi siempre lejos de los centros de poder
no bastaban para derrotar a un ejército de no menos de 10.000 soldados.
Que el derrumbe del régimen batistiano debió tener un origen político
más que militar, algo en lo que la historiografía apenas ha indagado.
Pero ante la falta de datos, bien bastaría la objeción que le hacía Mark
Twain a las novelas de James Fenimore Cooper: un novelista no debe
pretender que una balsa de 16 pies de ancho consiga navegar por un río
de tan solo 15 pies. Un principio de sentido común tan básico debe
servirle igualmente a un historiador para mantener su relato alejados
del género de la fantasía heroica.

Y no es que a Rojas pueda acusársele de timidez al abordar otros
momentos en su análisis histórico. Sobre la Ley de Reforma Agraria de
1959 llega a decir que “no implicaba un proyecto de estatización de la
propiedad territorial” cuando analistas, tanto dentro como fuera de
Cuba, concuerdan que, como resultado de la reforma y repartida una
porción de las tierras confiscadas entre arrendatarios, aparceros,
colonos y precaristas, el Estado cubano se hizo con más del 40% de las
tierras cultivables del país. O cuando al abordar las reformas actuales
afirma que “la propiedad estatal en el campo se ha reducido al mínimo”,
cuando en realidad la entrega de tierras en usufructo temporal ha tenido
el cuidado de conservar al Estado como propietario legítimo de la mayor
parte de las tierras cultivables. (Según el Anuario de la Oficina
Estatal de Estadísticas del 2011, aunque el 70% de la tierra “se
gestiona bajo fórmulas no estatales” la propiedad estatal sobre la
tierra alcanza un 80% del total).

Todo depende del marco de referencias que se tome, por supuesto. Y
posiblemente Rojas, al analizar la reforma agraria de 1959, tenga en
mente la colectivización que ordenó Stalin entre 1928 y 1933 frente a la
que cualquier reforma agraria y la mayoría de las guerras parecerían
timoratas. O que compare el uso actual de la tierra con el de los años
70, una época en que el Estado tenía un control casi absoluto sobre la
tierra (y que, por contraste, un terrateniente prerrevolucionario como
Julio Lobo nos recordaría más bien a León Tolstói). O que al referirse a
la “bonanza económica” de la década del 80 lo haga pensando en la crisis
abismal de la década siguiente y no en la carencias crónicas que
marcaron al sistema socialista en Cuba, incluso en aquellos días.

Si de marcos de referencias se trata, valdría comparar el “país
subdesarrollado y desigual” que era Cuba en los años previos a la
revolución con el resto de los países latinoamericanos en los que no
hubo revolución. O al referirse a la “imaginativa” y “creativa” política
de masas de la Revolución, Rojas podría compararla a su vez con las
políticas de masas del fascismo italiano, el nazismo alemán o el
comunismo soviético y comprender que a la altura de 1959 no quedaba
mucho espacio a la imaginación y la creatividad en lo que a política de
masas respecta.

Lo que no dice el libro

Si hablar de lo que dice un libro siempre es un negocio tramposo, lo es
mucho más hablar de lo que no dice. No obstante, en el caso de una
historia nacional que se pretenda abarcadora y objetiva, hay silencios
que afectan irremediablemente la idea de conjunto. En el caso de esta
historia, por mínima que se pretendiera, deberían haberse dedicado
algunas páginas más a abordar el período que va desde el derrocamiento
del régimen de Gerardo Machado en 1933 hasta el golpe de Eestado en
1952. Sobre todo en lo que respecta a la década populista de Fulgencio
Batista (1934-1944), la constitución de la Confederación de Trabajadores
de Cuba (CTC) y su traspaso violento de manos comunistas a “auténticas”
y el desarrollo de lo que en la Historia de Cuba se viene a conocer como
el “bonchismo” o “gangsterismo” político.

Sin lo anterior, muchos fenómenos descritos en el libro resultan
incomprensibles al lector no iniciado: desde la relativa popularidad de
Batista antes del golpe, el gran peso de los sindicatos en ciertos
momentos de la vida política del país, la escasa intervención de la
clase obrera en la oposición contra Batista, lo incruento del golpe de
Estado de 1952 o los orígenes políticos gangsteriles de Fidel Castro.

En cuanto al costo en vidas humanas del proceso que recoge Rojas es más
bien parco (su conteo se detiene en 1.330 ejecuciones hasta 1960) a
pesar de la abundante y fiable información que existe al respecto. Y,
aunque su libro se adentra hasta el primer semestre del 2015, eventos
con tantas repercusiones en la historia reciente como el hundimiento del
remolcador “13 de Marzo” en 1994, la muerte en huelga de hambre del
prisionero de conciencia Orlando Zapata Tamayo o los fallecimientos en
circunstancias muy cuestionables del exministro del Interior José
Abrahantes y de opositores como Oswaldo Payá y Laura Pollán, son ignorados.

Pero mucho más importante que todo lo anterior es la ausencia del que
posiblemente sea el factor más importante en la historia cubana de las
últimas seis décadas: la infatigable voluntad de (adquirir y retener)
poder de los hermanos Castro. Sin abordar y entender dicho factor, buena
parte de esa historia reciente es un amasijo de hechos incomprensibles,
sin mucha relación entre sí: desde la ruptura, bajo los pretextos más
peregrinos, de pactos con el resto de las organizaciones opuestas a
Batista hasta los cíclicos ascensos y destituciones de figuras
supuestamente llamadas a tomar el relevo de los Castro.

Dicha voluntad de poder explica por qué la mayor concentración que llevó
la oposición pacífica contra Batista en el Muelle de Luz en noviembre de
1955 buscando una salida negociada al conflicto fue reventada por
efectivos del Movimiento 26 de Julio a silletazos y gritos de
“¡Revolución!”. Explica la sucesiva provocación de crisis por parte de
Fidel Castro para conseguir determinados objetivos políticos (en
contraste con los métodos más discretos de su hermano para aprovecharse
de esas mismas crisis). Hacen comprensible la fría ejecución de tramas
de extorsión a Estados extranjeros o la de notorios crímenes de Estado
sin importar si sus víctimas fueran niños o los colaboradores más
cercanos y eficientes.

Esa voluntad de poder y su necesidad de imponer ciertas condiciones en
sus relaciones con los soviéticos explican bastante mejor sus vaivenes
en política económica en la segunda mitad de la década del 60 que la
hipótesis de Rojas de que, en un inusual ataque de sentimentalismo,
“Fidel Castro intentara serle leal por un tiempo” al legado ideológico
del Che Guevara.

En la Historia mínima… el vacío que queda en el lugar donde debería ir
esta voluntad de poder da lugar a situaciones que rozan la comedia. Así,
según Rojas, luego del discurso en el que Fidel Castro declara el
carácter socialista de la revolución “varios líderes del viejo Partido
Socialista Popular” entienden tal declaración “como una invitación a
integrar plenamente la estructura del Estado”. Luego serán “designados
en posiciones clave del nuevo Estado socialista”. Así, impersonalmente,
como si el plan en el que serían usados como meras piezas recambiables
no tuviera un autor muy concreto.

Pero todavía más llamativa es la ausencia de dos palabras sin las que,
desde mi punto de vista, es imposible entender la historia cubana
reciente: estos son conceptos tan elementales como dictadura y
totalitarismo. Bueno, debo rectificar. El de dictadura se emplea
ampliamente en el libro, pero solo para designar a regímenes como el de
Batista, Duvalier, Somoza, Rojas Pinilla o Marcos Pérez Jiménez pero
nunca para el liderado por Fidel Castro o por su hermano y sucesor. Y no
porque Rojas le tuviera reservado un concepto más preciso como el de
totalitarismo, a pesar de que el propio Rojas reconoce en diferentes
momentos del libro que la Revolución cubana dio origen a “un Estado con
gran capacidad de intervención en la vida cotidiana” (pág. 15), a “un
acelerado proceso de militarización de las masas” y a una creciente
“segregación social y represión política” (pág.125), a un total “control
del Estado sobre la economía” (pág.158), a un proceso de “sovietización
de la cultura” (pág. 171) y a diversas maneras de censura y control
ideológico de un gobierno dedicado a “combatir la tendencia a la
autonomía de los artistas e intelectuales” (pág. 175).

Sin embargo, la mención dispersa de los componentes del totalitarismo no
sustituye el concepto ni mucho menos explica la persistencia del régimen
y su peso decisivo en la vida, el imaginario y las expectativas de los
cubanos. Ni el concepto de “orden socialista” elegido por Rojas refleja
las dimensiones económicas, políticas, sociales y culturales del régimen
que imperó en Cuba durante décadas, como tampoco el desmantelamiento de
dicho orden explica el carácter epidérmico de las actuales reformas.

Adoptar conceptos distintos a los que durante décadas ha usado un
régimen para disimular su dimensión arbitraria y represiva es, más que
un prurito ético, un imperativo gnoseológico. Como diría Richard Rorty,
aceptar el vocabulario heredado es rendirnos de alguna manera ante
cierto orden de la realidad, “es aceptar a otro la descripción de uno
mismo, ejecutar un programa previamente preparado, escribir a lo máximo
variaciones de poemas previamente escritos”, resignarnos a hacernos las
mismas preguntas de siempre en lugar de plantearnos cuestiones nuevas.
Insistir en el mismo vocabulario habla menos de cierta comprensión del
pasado que de una profunda y entendible desesperanza ante el presente.

Que un intelectual de la talla y el rigor conceptual de Rafael Rojas use
esos términos para referirse al régimen cubano como manera de atestiguar
el carácter objetivo de su estudio nos da una idea de lo absoluta que ha
sido la victoria del castrismo sobre el imaginario colectivo de su
época. De lo inevitable que nos parece su control, no solo sobre el
presente, sino también sobre el futuro cubano.

Ya se sabe que quien controla el presente controla a su vez el futuro y
el pasado y, ante el previsible futuro que le aguarda a Cuba, parece
lógico excluir del pasado todo elemento que desentone, ya sea en el
plano de los conceptos o el de los hechos, con “la postergada reforma
del sistema político heredado de la Revolución de 1959″ (pág. 193).
Cierto que, dadas las actuales circunstancias, una sucesión dentro del
marco castrista sería el escenario más esperable pero, como todo
historiador debe saber, lo único seguro en el transcurso de las cosas
humanas es su carácter incierto. De modo que lo más prudente es tener a
mano todos los pasados que tengamos a nuestra disposición, sin excluir
ninguno. Ya el futuro sabrá qué hacer con ellos.

Rafael Rojas, Historia mínima de la Revolución cubana (Colegio de
México-Turner, México D. F.-Madrid, 2015).

Source: Una historia mínima de la Revolución | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/de-leer/1443287626_17157.html

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