Censorship in Cuba – Censura en Cuba
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Disidencia, información y cambios
¿Cómo responder a una situación cada vez más alejada de la ideología que
la sustentó durante tantos años, y que se sostiene con el apoyo de las
circunstancias del momento?
Alejandro Armengol, Miami | 27/01/2016 2:39 pm

Medir el avance de esta oposición —que incluye formas y objetivos
diversos dentro de una amplia actitud de rechazo al régimen—, por los
cambios que gracias a ella ha experimentado la sociedad cubana en los
últimos años, es como entrar en un campo minado.
En primer lugar debido al hecho de que muchos de estos cambios no son
debidos a la oposición, sino puestos en práctica en un desarrollo
paralelo a esta. En segundo porque esa misma oposición —que reclama su
participación para lograr estos cambios— los disminuye o desestima, al
catalogarlos de “cosméticos”.
La subvaloración de esos cambios, por parte de algunos de los grupos
opositores afines y/o financiados con la participación de Miami, parte
del uso de un discurso que le es necesario para justificar su presencia
casi cotidiana en esta ciudad, o de su empleo como punto de partida (no
desde el punto de vista geográfico del aeropuerto, casi siempre
imprescindible, sino del dinero para el boleto, siempre imprescindible).
Admitir por la oposición que en parte algunas de sus quejas anteriores
ya han sido resueltas —liberación de los prisioneros de la “Primavera
Negra”, posibilidad de entrar y salir del país, eliminación del bloqueo
a blogs y sitios en internet (entre los cuales, por otra parte no está
incluido CUBAENCUENTRO); mayor acceso a Internet y la instalación
reducida de lugares con sistema WiFi; la existencia del trabajo por
cuenta propia; y el permiso a la contratación de personal por
empleadores privados en determinadas categorías— se ve como una erosión
al reclamo de una labor en las peores condiciones posibles. La retórica
entonces se concentra en un reclamo de victimización —casi siempre real
pero en ocasiones exagerado— donde a la crítica justa al sistema se ha
incorporado, y en ocasiones llega hasta suplantar, el rechazo a la
política de “deshielo” del presidente Barack Obama.
Claro que esto último posibilita el acceder a tribunas y beneficios
económicos aún bajo el control de ese sector del exilio que por años se
ha catalogado de “vertical” —sin serlo en muchas ocasiones—, pero se
logra a cambio de entregar parte de la independencia que se suponía
estaba destinada a conquistar. Además del apoyo — en este caso como
rentabilidad añadida— para poder despreciar como “procastrista”
cualquier crítica al respecto.
La clave al respecto sería enfatizar lo que falta en la Isla para
acercarse a un respeto mínimo a los derechos humanos, ciudadanos y
políticos; la posibilidad del surgimiento de una sociedad civil; y mucho
más al establecimiento de un Estado de derecho y un avance democrático.
Pero reconocer al mismo tiempo que se trata de una situación cambiante,
en el sentido de una transformación a duras penas, y cuya visión no es
la misma que sigue predominando en cierto sector del exilio y en la
mente de los congresistas cubanoamericanos aferrados al pasado.
Lo anterior no pretende desconocer u opacar lo que sí constituye un
logro de la oposición en la espera internacional, y es la denuncia de
los atropellos que a diario comete el régimen de La Habana.
Parte de lo que se conoce en el exterior, sobre lo que ocurre en la
Isla, se debe a esta labor de denuncia, a lo que se une la prontitud en
la divulgación de cualquier hecho.
Aunque tal divulgación no ha logrado librase de su talón de Aquiles
original: la ausencia de una posibilidad para confirmar de forma
independiente la información que llega.
Fuente y mensaje
En este sentido, la oposición actúa al mismo tiempo como fuente y
mensaje. No es solo la causa por la cual se produce la noticia sino el
medio que la divulga. Ello, desde el punto de vista periodístico, no
solo es contraproducente sino origina un conflicto de intereses.
Conflicto que por otra parte trasciende cualquier valoración desde un
punto de vista más o menos “patriótico”. Muchos periodistas
independientes actúan al mismo tiempo como activistas políticos. Los
órganos de prensa que en Miami, Madrid u otros lugares divulgan estos
contenidos se limitan a la función de repetidores: se hacen eco, no
producen la noticia de forma propia.
La cuestión no se resuelve con señalar la fuente de procedencia, en un
ejercicio fácil de salvar la responsabilidad.
Cuando el volumen informativo obtenido de esa forma alcanza una
proporción elevada, inevitablemente se está ante el peligro de un
cuestionamiento a la credibilidad.
El problema no se resuelve con una disyuntiva de “buenos” y “malos”,
porque limitarse a esa alternativa lleva inexorablemente a tener que
admitir una profesión de fe: creo en esto y no en lo otro. Y el
verdadero periodismo no funciona sobre juicios de fe sino sobre la
verificación de los hechos.
También este problema brinda argumentos a quienes prefieren rechazan el
mercado carácter político de estas informaciones. No es el caso de las
noticias puramente “políticas” —abusos, represión, actos coercitivos—
sino a otros destinados a brindar un panorama de lo ocurre en el país y
la vida cotidiana de sus ciudadanos. Tampoco se trata aquí de las
justificaciones del gobierno cubano, que siempre va a remitirse a las
categorías de “mercenarios”, “apátridas”, “contrarrevoluciones”.
De lo que se trata es de lo mucho o poco que puede hacer un activismo
que intenta el casi imposible objetivo de construir una sociedad civil,
en una forma de gobierno que todavía arrastra mucho de totalitarismo en
su marcha hacia el autoritarismo, y en lo que puede hacer un movimiento
de rechazo, por su naturaleza, al gobierno existente, pero que al mismo
tiempo elude la confrontación directa y busca otras formas de cambio.
Es, en fin, de buscar un camino en que la oposición se abra un poco más
al mundo y no tanto a Miami y Washington.
El caso cubano no es único en este sentido. En naciones desarrolladas y
de pleno ejercicio democráticos los vínculos entre gobierno, Estado y
financiamiento de medios informativos siempre han estado expuestos a la
ruptura de una independencia imprescindible pero no fácil de lograr. Por
años la BBC británica fue un encomiable ejemplo, ya no lo es. En Estados
Unidos, Radio Martí y luego la emisora de televisión comenzaron
guardando una serie de normas que luego se echaron a un lado. La señal,
por ejemplo, no se propagaba en territorio nacional, pero ahora
cualquiera en Miami puede ver los programas de TV Martí en la televisión
por cable que trasmite en la ciudad. Como Internet y la misma televisión
por cable han cambiado las reglas anteriores, más que un énfasis en
filtros tecnológico la responsabilidad recaería en un mayor rigor
editorial. Aunque en el caso de las emisoras del gobierno estadounidense
que supuestamente transmiten para Cuba poco se hace en este sentido.
El atraso económico y la censura existentes en la Isla no sirven tampoco
de pretexto para eludir estos problemas, como tampoco el sacar a relucir
que en cualquier país los partidos políticos tienen sus propios órganos
de difusión. El dilema surge cuando se unifican los rudimentos de una
sociedad civil y la oposición. Se meten en mismo saco los supuestos
partidos políticos opositores existentes —que en realidad solo
evidencian un abuso de nombre y categoría—, cualquier acto de desacato,
diversas manifestaciones artísticas, grupos de pensamiento y análisis y
activistas sociales e incluso religiosos.
Un ejemplo en Cuba de esfuerzo de distinción entre labor informativa,
activismo político, ausencia de financiamiento gubernamental de tipo
alguno y rechazo al periodismo de barricada es el portal 14ymedio, que
se desarrolla dentro de un medio hostil sin renunciar a las reglas
elementales del periodismo.
Prensa oficialista, independiente y desde EEUU
Por supuesto que gran parte de la culpa de lo que ocurre radica en las
características del Gobierno cubano.
En el caso específico de la prensa, la oficial del país, la única
reconocida, arrastra un historial de décadas ejerciendo una función que
no llega a ser ni siquiera ideológica: es simple propaganda, y cabe
añadir los adjetivos de mala y aburrida. Así que ni siquiera cumple el
objetivo para el cual fue creada.
Por otra parte, en buena medida las noticias provenientes de los
reporteros extranjeros acreditados en Cuba se limitan a reproducir, con
algún que otro matiz, lo que publica la prensa oficial.
Siempre bajo la presión de la censura y ante el temor de perder de
ofrecer la “gran noticia”, en el día que ocurra lo inevitable pero hasta
el momento postergado gracias a la medicina y los caprichos de la
historia, los reporteros extranjeros optan por no arriesgarse.
Vale el argumento de que las limitaciones de que las informaciones
producidas por la oposición nacen de su desamparo: acosados por el
Gobierno, hallan natural adecuar su discurso a los oídos receptivos en
el exterior.
Sin lugar a duda en esto influye también un paternalismo trasnochado
fuera de Cuba, que se niega a cuestionar cualquier información
proveniente de la prensa independiente, bajo el temor de entonces ser
catalogado de emisario del enemigo, cómplice del castrismo, abanderado
de la injusticia.
Es por ello que una responsabilidad mayor recae en la actual
administración estadounidense. Hasta el momento incapaz de adecuar la
labor informativa que supuestamente debe cumplir a la realidad cubana. Y
en primer lugar cabe culpar al pobre papel que desempeña el sistema
noticioso de Radio y TV Martí, que más allá de cambios administrativos
por razones partidistas ha persistido en la decadencia informativa.
Si alguien cuenta en la actualidad con los medios para formar un equipo
noticioso que logre obtener informaciones objetivas sobre lo que ocurre
en Cuba son ambas emisoras. Si no lo hacen es porque siguen empantanadas
en la arcadia del pasado o la supervivencia a cualquier precio. Es por
ello que mucho de lo que se escucha, lee y ve producido por ellas cae en
la misma manipulación de la que pretenden escapar.
Limitado en sus recursos, incapaz de ejercer sus funciones como medio
informativo, coartado en su acceso a las fuentes, el periodismo
independiente desde la lsla es muchas veces una abstracción. Algunos
reportajes puntuales impiden la afirmación categórica. En su conjunto
representa una añoranza de libertad que si bien justifica su surgimiento
no despierta ilusión.
Transformación limitada
Hasta el momento, Raúl Castro ha logrado un difícil equilibrio entre
represión y reforma. Lo ha hecho dilatando la segunda y modificando la
primera sin que pierda su naturaleza de mantener el terror. En la
práctica gobierna de una forma mucho más progresista que su hermano en
lo económico, pero no en lo político. Que ese avance se deba a
circunstancias específicas no disminuye el hecho de que sea real.
Enfrentar y divulgar esa situación de transformación limitada en la Isla
—con modificaciones económicas decretadas por un gobierno que en Miami
se detesta y rechaza, pero contra el cual se puede hacer poco— presenta
un nuevo problema, tanto para los cubanos en el exilio o que radican en
cualquier parte del mundo como para los que viven en Cuba.
Para el llamado exilio de “línea dura” de Miami, que por décadas se ha
atribuido la labor de determinar lo puede considerarse “anticastrismo”,
¿cómo responder a una situación cada vez más alejada de la ideología que
la sustentó durante tantos años, y que se sostiene con el apoyo de las
circunstancias del momento?, ¿cómo hacer frente al sainete, que ha
resultado tan exitoso como la epopeya?, ¿de qué forma destacar lo que
sigue igual sin dejar de reconocer lo que ha cambiado?
Ante tal amalgama se han improvisado respuestas y salidas personales.
Las visitas de algunos destacados opositores de la Isla —que pueden
viajar al exterior gracias a los cambios efectuados por el mismo
gobierno que hasta hace pocos años les impedía la salida temporal—
fueron en el inicio una oportunidad para al mismo tiempo buscar la
reafirmación y encontrar —quizá de forma práctica y sin un plan
consciente— una transformación necesaria. En la práctica han brindado
poco resultado, en cuanto al objetivo de acercar un cambio democrático
en Cuba. Cierto que el gobierno de La Habana se opone tenazmente a ese
cambio, pero esperar lo contrario resulta irrisorio. Tampoco es un caso
único. No es problema solo de falta de unión de la disidencia, sino de
incapacidad de actuación. Ahora algunos de esos opositores tienen al
parecer dos enemigos a enfrentar: el Gobierno cubano y el de EEUU.
Pensar que uno de ellos quedará eliminado con las elecciones de
noviembre es apostar al desconocimiento. La cuestión es tratar de
avanzar con lo que se tiene.
Si se mira al exterior el destino de la democracia en Cuba es quizá aún
más desalentador. La posibilidad de abrir un negocio en la Isla
—riesgoso pero rentable— se ha impuesto a otras. Pero por qué oponerse a
esa opción. Es cierto que el capitalismo —salvaje o no tan salvaje—
tiene muchas desventajas, pero difícil de convencer a un cubano que gana
$25 al mes de lo malo de las inversiones extranjeras.
En Miami siempre han estado desvirtuadas las actitudes de
“confrontación” y “acercamiento”, ya que no ha sido muy difícil
plantearse la no confrontación desde una actitud que sea al mismo tiempo
opuesta a los centros de poder asentados en la Plaza de la Revolución.
Por décadas, el maniqueísmo de La Habana ha definido la dicotomía en
esta ciudad, y también se ha extendido a otras partes del mundo. Ya es
hora de cambiar el enfoque.

Source: Disidencia, información y cambios – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/disidencia-informacion-y-cambios-324691

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