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Ideología óptica
René Rodríguez no es un pintor abstracto más ni un minimalista, aunque
guste combinar variantes
Viernes, junio 24, 2016 | Héctor Antón Castillo

LA HABANA, Cuba.- La pintura abstracta cubana actual es homogénea,
autocomplaciente y friturera. Se trata de un elenco “arbitrario” y
“disperso”, que se ama-odia por el hecho de ser incapaces de marcar
territorio unos de otros. Hay excepciones, claro está, y por momentos es
reconfortante deleitarse con las texturas ruinosas de Rigoberto Mena.
Por su parte, el arte minimalista de la ínsula es un derivado de
fórmulas contaminantes, que han impuesto su marca a escala internacional.

René Rodríguez (Santa Clara, Cuba, 1966) no es un pintor abstracto más
ni un minimalista, aunque guste combinar variantes, tan paradójicamente
cercanas-distantes en sus maniobras formales-conceptuales. Más bien se
trata de un outsider de la academia, quien pronto concientizó de que “el
arte no se enseña” en ninguna escuelita con una biblioteca tan malparada
como sus rancios teachers.

El Libro de Job es el título de una serie (compilada en una exhibición
personal), que nació, creció y, quizás no muera, en el campo alegórico.
De esta manera, el arquetipo bíblico de paciencia, integridad y lealtad
se desdibuja para recobrar su aura simbólica en limpias construcciones
abstractas. Por lo cual, el santo de la Iglesia Católica se presentó
enmascarado en la galería Casa 8 del Vedado habanero.

Bajo la égida protectora del Fondo Cubano de Bienes Culturales y su
voluntad comercial, tratando de sobrevivir encima de un volcán apagado,
la muestra dignificó una tarde del eterno verano insular con ciertas
figuras del gremio y eventólogos, procurando un refrigerio estimulante
junto al vedetismo artístico.

Fiel al legado de los Barnett Newman, Ad Reinhardt, Brice Marden o del
longevo Elllsworth Kelly, René Rodríguez persigue rescatar ese último
reducto llamado contenido, inexistente en propuestas
abstractas-minimalistas, aferradas al dogma misterioso de la
“no-lectura”, en clave de subjetividad textual.

Un seguidor de esta línea, reacio al virtuosismo de la pincelada (en
tono de parodia seriamente humorística), ha sido el profesor sin cátedra
o sin Premio Nacional de Artes Plásticas por residir en México D.F
Flavio Garciandía, hombre-arte decidido a espantar el mote de “estúpido
como un pintor”. Flavio invierte más tiempo en pensar antes que en
pintar. Un hábito que lo aparta de una tradición donde sus laboriosos
artesanos se cansan de pintar cielo, mar y vegetación.

Ahora bien, la referencia que iluminó el camino estratégico de René fue
un artista cubano que absorbió el pop de Warhol y Lichtenstein, para
quedarse en su Isla en pleno auge revolucionario. Lo que no previó el
joven Raúl Martínez acabó en un trauma colectivo paralizante: el
discurso ideo-estético de la Revolución Cubana emprendió un proceso de
radicalización (¿socialista?), hasta llegar al punto de satanizar cuanto
provenía del “norte revuelto y brutal”.

El fantasma del diversionismo ideológico recorrería el archipiélago,
anunciando la hora de que surgieran títulos como Estudio, trabajo, fusil
(1973), de Nélida López; Macheteros (1975) e Imágenes de Angola
Victoriosa (1976), de Roberto Fabelo.

Experimentando bajo presión, Raúl “El bueno”, transformó la cortina de
hierro emancipatoria en recurso del método. De ello se encargó su
despliegue de un “pop revolucionario”, donde los casi expresionistas
retratos patrióticos le otorgan a la serialidad el ingrediente crucial
de ironía estética. La solución profiláctica de Raúl Martínez y sus
iconos jamás sublimados por el aliento panfletario del momento histórico
resultó contundente.

Raúl parecía confesar en un monólogo silente: “Pinto lo que me dejan
pintar, pero quiero pintar a Martí, a Camilo y al Che a mi manera -como
diría Frank Sinatra”. Al trocar la censura en operatoria tolerable, la
apropiación de un estilo norteamericano de reflejar la robótica cultura
de masas se erigió en paradigma del “compromiso oportuno”, en lugar de
una evasión contextual.

El contenido de las “telas herméticas” mostrado por René Rodríguez
deviene tan sutil como los ambiguos (o, tal vez, caricaturescos)
homenajes de Raúl Martínez a los héroes de la épica insular. Por esta
senda, la manipulación reside en congregar sobre la superficie pictórica
un repertorio de uniformes comunes, medallas, condecoraciones e,
incluso, los colores de nuestra enseña nacional.

Transformados en abstracción geométrica, los colores racionados del
imaginario popular representan la vida abstracta de los cubanos en
apariencia y concreta en esencia. Sin embargo, estos gozan de un estatus
solamente regido por la disciplina de un diseño atractivo para una mayoría.

De esta forma, interactúa el cromatismo de asfixiantes vestiduras
militares y relajantes tiendas shopping. No olvidemos que del pop
consumista global al minimalismo de estado local no hay más que un paso.
Repetición y represión riman sin dañar los tímpanos.

La “dieta cromática” sugerida por este “anti-pintor” de barras y
cuadrículas se inspira, entre otras cosas, en los ocho colores
estipulados para diseñar las condecoraciones. Por lo que el ahorro y la
escasez (antes o después del eufemístico “Periodo especial en tiempo de
paz”), abandona los predios de la sobrevida tercermundista, para
instalarse en el ámbito de modalidades elitistas como la abstracción
pospictórica o el posminimalismo perverso.

Quizás alguien goloso como René Rodríguez nunca haya sentido ruidos en
el estómago, ni ganas de tirarse al agua en un artefacto para cambiar de
vida. Aunque dichas contingencias lo toquen de cerca o simule padecerlas
desde afuera. Motivo para que esos recortes de verde olivo y rojo
involucrados en el glamour fantasioso de su exposición, denoten la
pesadez cínica de una impecable levedad formal.

La inocencia del bondadoso y traicionado Job (oculto en lienzos
multicolores) es proporcional al sacrificio anónimo de quienes
ofrecieron su “edad de las maravillas”, para finalmente ganar una
recompensa virtual, gracias a un derroche de entrega y fidelidad. Mito y
realidad certifican un axioma en el trasfondo de esta muestra: “Los
contenidos de la vida sí pueden convertirse en contenidos del arte”.

El gesto esteticista de un artista de formación autodidacta aborda un
contrapunto entre fe y esperanza. Es decir, la fe como grado cero de la
duda y esa esperanza como juego infinito de las “cosas que vendrán”.
Algo traducido en la boutade de equiparar el porvenir de la ética con el
goce retiniano del work in progress visual.

Mientras los ideólogos desaparecen, inmolándose al cumplir tareas de
simulacro que vienen de arriba, la ideología (hembra al fin) le queda el
consuelo de embrujar a los mortales, sin necesidad de forzar la materia
gris cerebral. Ojalá en un futuro los dispositivos ideológicos amanezcan
transformados en casas de citas, donde no haga falta el “amor a primera
vista” para atrapar una idea chica en formol.

El Libro de Job (junio-julio, 2016) termina por reiterar una verdad de
Perogrullo: abstracción geométrica y abstracción política también son
las dos caras de una misma moneda. Anverso y reverso de la historia
reescrita o pintada por los astutos y los fuertes. Dualidad suficiente
para borrar (similar a Willem De Kooning o Cy Twombly), las fronteras
entre medio y finalidad. Así, el “hombre nuevo” podría resucitar en un
“viejo cuadro” de esta exhibición, meticulosamente restaurado nadie sabe
cuándo.

Source: Ideología óptica | Cubanet –
www.cubanet.org/mas-noticias/ideologia-optica/

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