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La vuelta de Abel Prieto
Aunque de forma “provisional”, el regreso de Abel Prieto como ministro
de Cultura evidencia que Raúl Castro no quiere que se produzcan
“alborotos” entre los intelectuales
Alejandro Armengol, Miami | 13/07/2016 12:11 pm

¿Por qué Raúl Castro ha vuelto a colocar a Abel Prieto al frente del
Ministerio de Cultura?
La primera respuesta a esta pregunta es sencilla, y la ofreció el propio
Gobierno cubano:
El Consejo de Estado, a propuesta de su Presidente, acordó liberar del
cargo de Ministro de Cultura al compañero Julián González Toledo, dijo
la nota oficial publicada en el diario Granma.
Para ocupar esta responsabilidad fue designado de manera provisional el
compañero Abel Prieto Jiménez, actual asesor del Presidente de los
Consejos de Estado y de Ministros.
Pero la escueta nota despierta interrogantes, y da pie, por supuesto, a
especulaciones.
En primer lugar llama la atención el carácter de urgencia de la
destitución. No se trata simplemente de que González Toledo no llevara a
cabo de forma requerida sus funciones. En tal caso, lo normal sería
sustituirlo por otro funcionario. No ha sido así. Lo quitan del cargo y
llaman a Prieto, que ahora lo ocupa “de manera provisional”.
Luego hay un factor en este movimiento que va más allá de la simple
destitución de un ministro. Tiene que ver con las características
personales del destituido, con las de su antecesor y con las de quien
por 15 años ocupara esas funciones y está de vuelta ahora.
Toledo es un diplomado de Administración Pública en la Escuela Superior
de Cuadros del Estado y del Gobierno. Fue nombrado ministro de Cultura
en marzo de 2014. Con anterioridad había sido viceministro primero de
Cultura y director del Consejo Nacional de Artes Escénicas (1999-2011).
Antes de Toledo el cargo de ministro de Cultura lo ocupó Rafael Bernal,
un licenciado en Educación Técnico Profesional y doctor en Ciencias
Pedagógicas, quien fuera viceministro de Educación en 1973, viceministro
primero de esa institución en 1991 y viceministro primero de Cultura en
1997. Su etapa de ministro de Cultura se extendió de 2012 a 2014.
La caída de Bernal obedeció a un hecho muy concreto: el reconocimiento,
por parte de las autoridades cubanas, del robo de decenas de obras en el
Museo Nacional de Bellas Artes.
Sin embargo, más allá de ese hecho puntual, hay varias características
comunes que comparten Toledo y Bernal: la trayectoria de ambos como
funcionarios, y que no son intelectuales —ni escritores ni artistas y ni
siquiera profesores— y el paso pautado de viceministro primero a
ministro (el tipo de movimiento que ha caracterizado al gabinete de Raúl
Castro).
Tiene sentido entonces la interrogante de esa interrupción —aunque sea
momentánea— de la transición pautada, y de la vuelta de un escritor al
frente de Cultura.
De la pregunta se desprenden a la vez otras dos interrogantes: ¿por qué
la posposición constante de Fernando Rojas para ocupar el cargo? Rojas
es el más antiguo de los viceministros y el que tiene mayor formación
como intelectual.
La otra pregunta es: ¿qué pasa con María Elena Salgado? Salgado fue
nombrada como viceministra primera junto con Toledo. Siguiendo la lógica
de movimientos en los cargos durante esta etapa raulista, a ella le
correspondería ahora el ministerio.
El primer elemento que de momento establece la destitución de Toledo es
un entredicho del empeño de Raúl Castro, de poner al frente del
Ministerio de Cultura a burócratas que desempeñaran su labor, en busca
de una eficiencia ministerial similar a la de cualquier otra dependencia
gubernamental, pasando por alto o al menos relegando las características
únicas del organismo.
Un ministerio único
A lo largo de las décadas del proceso revolucionario, el Ministerio de
Cultura nunca ha sido un organismo similar a otros.
En primer lugar tardó muchos años en constituirse. No fue hasta 1976 que
se creó y ello ocurrió “dentro del proceso de institucionalización de
los Órganos de la Administración Central del Estado”, según la página
web de la institución.
Con el surgimiento del Ministerio de Cultura, el Gobierno de la Isla
intentó dejar atrás —al menos formalmente— algunos de sus episodios de
represión y censura más vergonzosos en la arena internacional; las
eternas rencillas entre diversos grupos culturales en lucha por el trono
y los diversos feudos de poder cultural creados a lo largo de décadas.
La “institucionalización” de la cultura culminó en un largo proceso de
permisividad, pasividad y aceptación mutua —entre los creadores y la
institución— en que pequeños privilegios y libertades acotadas
impidieron la repetición de grandes escándalos. Por supuesto que no se
desarrolló en un decurso en blanco y negro, y no todo fue aceptación y
“borrón y cuenta nueva”, pero general el proceso logró encaminarse hacia
una etapa donde la seguridad y ciertos beneficios marcharon parejos con
una ampliación de posibilidades.
Quizá Raúl Castro, con su plan evidente de dejar la conducción del
ministerio en manos de burócratas, pensó que a estas alturas en la
cultura cubana todo se reducía a la “eficiencia” de un plan empresarial.
Solo que esa “eficiencia” no se ha alcanzado y hay señales evidentes de
descontento, aunque estas no se manifiesten siempre —aunque sí en
ocasiones— en relación con los problemas inherentes a la libertad creadora.
Temores y reservas
El posible resurgimiento en Cuba de una situación similar a la ocurrida
durante el llamado “período especial” produce cada vez más una creciente
inquietud y preocupación entre los habitantes de la Isla. El sector
cultural no es ajeno a esta situación.
En determinados centros —la UNEAC, el Instituto de Estudios Martianos—
la jornada laboral ha sido reducida y al mediodía los trabajadores se
van a sus casas. Al contrario de lo ocurrido en otros momentos —y de
acuerdo a informaciones que CUBAENCUENTRO ha recibido desde Cuba—, el
recorte de las horas de trabajo no ha causado indiferencia o incluso
alegría, sino temor: los empleados tienen miedo de que, si la situación
se prolonga, sus salarios serán afectados (cosa que no ha ocurrido ni se
ha planteado de momento). En la Cuba de hoy el dinero cuenta y mucho,
incluso los pesos cubanos.
Nada más lógico entonces que vuelva al Ministerio de Cultura una figura
que no solo es uno más entre escritores —no es hora de valorar la
calidad de su obra—, sino que también ejemplifica una etapa de
liberación, permisos y mejoras para escritores y artistas. Prieto es esa
figura.
A todo esto hay que añadir que la etapa en que Raúl Castro adquirió
finalmente el control del poder cotidiano en Cuba se inició junto a la
llamada “guerra de los emails”. Con independencia de los diversos
propósitos tras lo sucedido entonces, es posible afirmar que lo que
menos desea el gobernante cubano es que se repita un acontecimiento de
tal naturaleza.
En el caso de Prieto, debe añadirse que su trayectoria tras abandonar el
ministerio ha sido más bien oscura, para decir lo menos. Si un tiempo
atrás resurgió en la prensa fue durante los actos de rechazo a
opositores y exiliados cubanos, ocurridos en Panamá en 2015 —un papel
nada brillante en su carrera, pero al parecer la actuación de entonces
es fuente de mérito ahora para algunos: la “psicóloga de Panamá” acaba
de ser nombrada como nueva secretaria general de la Unión de Jóvenes
Comunistas—, luego volvió a la tranquilidad de un asesoramiento nada
notorio. Pero la falta de lustre en estos últimos años ha permitido al
exministro mantener una fidelidad que ahora lo devuelve al cargo.
Para finalizar, un detalle marginal aunque importante. La selección de
Prieto como “bate emergente” en Cultura parece enterrar las esperanzas
de Rojas: Raúl los prefiere fieles, pero no tan tan… tan: ¿y qué dirá de
esto Iroel Sánchez?

Source: La vuelta de Abel Prieto – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro

www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-vuelta-de-abel-prieto-326025

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