Censorship in Cuba – Censura en Cuba
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Dime cómo escribes y te diré…
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 9 de Diciembre de 2016 – 13:47 CET.

Con el reciente fallecimiento de Fidel Castro hemos asistido a una
sobredosis de lisonjas en la prensa escrita nacional que no por esperada
ha sido excesiva, descomunal. Y del otro lado, como si quisieran darle
contrapeso, muchas publicaciones han hecho otro tanto, en ocasiones
también de manera irreverente, sin matices. Sin embargo, aquí desearía
destacar el lenguaje escrito empleado; lo relativamente fácil que
resulta identificar lo verdadero y lo falaz, lo real y lo ficticio, lo
ampuloso de lo objetivo.

Llama la atención, en primer lugar, el uso en Cuba de una narrativa
místico-religiosa más a tono con San Juan de la Cruz que con el pensador
de Tréveris. Es curioso porque se supone que quienes hoy escriben para
los periódicos de la Isla son en su mayoría ateos, agnósticos, y sobre
todo, iletrados en religión. Ya no deben quedar en las redacciones
aquellos maestros, algunos formados en escuelas católicas o como
monaguillos hasta enero del 59, que aprendieron el oficio bajo el ruido
de los linotipos o la premura de una edición especial. Veteranos
periodistas capaces de escribir mil palabras de una sentada sin errores
ortográficos ni mecanográficos, de una cultura global, cuyo pecado mayor
podría haber sido sustituir la misa dominical obligatoria por el trabajo
“voluntario ” el Día del Señor.

El primer asombro para quienes debían anunciarlo hubiera sido el decreto
de un novenario póstumo. La novena suele ser para el pueblo cristiano un
momento único donde se pide, con recogimiento y devoción, por el
descanso y la paz de un difunto. Solo a los santos se dedican nueve días
de oración. La mayoría de los cubanos no lo saben porque nadie se los
dice. En la prensa no hubo una sola línea explicando por qué eran nueve,
y no siete u ocho —la octava es una festividad— los días de duelo nacional.

Más interesantes por inéditos fueron los artículos dedicados a la
figura. La prensa oficial, torcida intrínsecamente por su función de
propaganda, muy mal escrita —frases hechas, repetitivas, machaconas—,
hizo uso de un lenguaje empaquetado, magro, propio de la más rancia
liturgia. Cosa rara que se hablara tanto de la trascendencia, y la
eternidad. Muy raro en una sociedad que se dice materialista y donde lo
inmanente se justifica con el llamado materialismo dialectico. El exceso
de adjetivos, prosopopeyas, sintaxis desafortunadas, gerundios —las
arrugas del idioma, escribió alguien—, resultó impotable más allá de
cualquier consideración política.

Casi no hubo artículo donde el tiempo presente no fuera usado de manera
incómoda, pedestre —Él está entre nosotros; Él se encuentra con su amigo
el Che en Santa Clara, Él marcha hacia la Gloria y la Inmortalidad. Si
no bastara el mal hacer escritural, y descarnadamente contemplativo, los
temas escogidos para llenar las primeras planas eran para hacer un
catálogo de anti-periodismo. Cada autor competía con el otro en
descubrir una nueva virtud, desenterrar una anécdota, ensalzar una
épica. Y en ese proceso de deshumanización de la figura, de vestirlo de
santo y llevarlo a los altares mediáticos, jamás hubo una historia
humana sobre el ser humano que, con sus virtudes y sus defectos, tuvo
una decena de hijos, se equivocó varias veces, conoció y tuvo fuertes
desavenencias con líderes de distinto pensamiento político, e incluso
con sus amigos.

Mal, muy mal caminaba ya el periodismo insular antes del fallecimiento.
La Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) ha estado reuniéndose para
“resolver” ciertas disidencias, analizar francas rupturas, condenar a la
hoguera del no-persona a quienes hacen público el desacato. No es la
primera vez que esto sucede en medio siglo de dominio total de los
medios de información. Pero la cantidad y la calidad de esas quebraduras
hacen pensar que la democratización de los medios con el internet y la
prensa digital, hará cada día más frágil el control absoluto de la
propaganda desinformativa. Hoy día un teléfono celular y una computadora
bastan para, en tiempo real, diseminar una información por medio mundo.
Contra eso, ni la UPEC y mucho menos la prensa oficial cubana —disculpar
la redundancia— pueden hacer absolutamente nada, más allá de lo que
hacen los condenados a la soledad y la extinción natural: cerrar puertas
y ventanas digitales y ver pasar el tiempo… o el temporal.

Tratando de comprender las razones de por qué se escribe tan mal en
Cuba, en forma y contenido, no bastan las explicaciones de que ya los
viejos periodistas no existen, que no hay oficio porque aquella locura
que fue la municipalización de la Universidad formó “periodistas” y
“psicólogos” como chorizos, y que quizás algunos de ellos están sentados
en los mismos puestos que ocuparon en Granma, Bohemia o Juventud Rebelde
José Antonio de la Osa, Lagarde o Benítez, con sus luces y sus sombras,
pero sin dudas con mucho oficio.

Tal vez el problema es otro: también se escribe con el corazón. Se
escribe como se vive. La escritura con hambre y con incultura no da nada
bueno, se le ven las costuras. Balzac, que tanto escribió para saldar
sus deudas, lo dijo así: “La ignorancia es la madre de todos los
crímenes”. Es muy difícil salir de la redacción y toparse con la calle
sucia y La Habana cayéndose a pedazos, llegar a casa y encontrarse a un
hijo pidiendo el “vasito de leche”. Y periodista por encargo, abrir la
computadora —si la tiene— y escribir algo totalmente diferente a lo que
se vive a diario. Las palabras no pueden salir. Aunque también habrá
quien, bajo los efectos de una locura moral, escribirá presumiendo de
todo de lo que carece.

Source: Dime cómo escribes y te diré… | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1481287345_27290.html

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