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Cuando la fiesta pasa para los cubanos
WENDY GUERRA

Pasa el Día de los Enamorados, recojo los vasos, los platos con restos
de comida, los ceniceros abarrotados de colillas, las copas con restos
de vino y me pregunto en silencio: ¿Si no hubiese ocurrido esta
diáspora, si el disparo de los años 1980 no hubiese sonado en plena
adolescencia, dónde, en qué parte de la ciudad viviría yo? ¿Hubiese
tenido hijos? ¿Con quién? ¿Qué edades y rasgos tendrían?

Si aquí todo fuera distinto tal vez dirigiría una revista de moda,
tendría un pequeño auto lleno de abolladuras y regresaría a casa al
atardecer a pensar en la portada del próximo número. Subiría las
piernas, tomaría vino blanco y leería cualquier noticia irrelevante en
el periódico local.

¿Qué libros, de qué autores, qué librería sin censura de esta ciudad
elegiría yo si todo fuera distinto? No escribiría con furia las páginas
del deseo, las páginas de un diario que necesita contarlo todo para ser
entendida desde un universo complejo e intraducible. ¿Seguiría
mandándole palomas mensajeras a quien un día me abandonó?

Tampoco sentiría este ojo vigilante sobre mis espaldas.

La vida, en ese caso, volaría ligera, menos cargada de símbolos y miedos.

Pasó el Día de los Enamorados y me escribe Gabriela desde Miami:

“ (…) La casa quedó patas arriba. Regreso de dejar a los niños en la
escuela, ellos hablan solo inglés pero yo sigo respondiéndoles en
español. Extraño Cuba. Extraño baldear la casa al final de las fiestas y
acostarme a escuchar Radio Progreso.

¿Con quién crees me hubiese casado allí? ¿ Quién fuera hoy el padre de
mis hijos? ¿A quién de mis conocidos, de mis ex, se parecerían Gabriel y
Mariana? Mi madre los conocería, los llevaría al colegio, los regañaría
desde la cocina, los llamaría a comer al caer la noche durante las
vacaciones de verano en Camagüey (…)

Nunca estamos conformes con lo que somos, jamás pensamos que nuestras
decisiones son íntegramente nuestras, muchos de nosotros las hemos
tomado en situaciones complejas… una vida, una construcción en
desarrollo, la intervención social y política en tu mundo sentimental te
hace dudar siempre de tu protagonismo frente a las grandes decisiones
que has tomado.

¿Dónde están todos? Digo una y otra vez mirando las fotos de estos años.

Detecto como poco a poco Gabriela y los demás amigos y amores van
desapareciendo del grupo, un espacio que se vacía y llena con otros que
parten también, en breves intervalos del “Hola y adiós”, sin darnos cuenta.

Reviso las parejas que conozco y muchas de ellas surgieron al calor de
este “jugar a los escondidos” en el que nos encontramos.

Descubrir un nido, aparear, convivir con alguien que no tiene tu mirada
o tu modo de ver el mundo, ni tu acento, ni tus recuerdos infantiles o
simplemente no comprende tu humor… hacer largos silencios en los
restaurantes, revisar el teléfono o hablar sobre lo viejo que se ha
puesto un conocido.

El vacío es parte de la ausencia, una ausencia personal e
intransferible. Nos vamos quedando solos y quien nos abandona primero es
nuestro “yo”. Aceptas tantas cosas ajenas, que tú misma ya te
desconoces. Te empiezas a ausentar de tus rituales y luego desaparece
todo lo demás.

A veces sucede lo contrario y este viaje de exilio o inxilio valió la
pena solo para reconocernos y amar a quien nos ama.

Pasa la fiesta. La vida continúa subtitulada o en el idioma original.

Lo importante es no mentirse, mirar a quien duerme a nuestro lado y
preguntarnos: ¿Es realmente nuestro compañero de viaje la persona que
nos disfruta o conoce… o es él, simplemente, un amor en emergencia?

Source: Cuando la fiesta pasa para los cubanos | El Nuevo Herald –
www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/opinion-sobre-cuba/article133562909.html

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