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Ediciones Cubanas y repartiendo revistas “prohibidas” a los jefes
junio 9, 2014
Martin Guevara*

HAVANA TIMES — Corría 1986 cuando me permitieron regresar a Cuba pero me
dijeron que no podía estudiar, tenía que trabajar y como tenía
conocimientos profundos sobre libros y sobre ron, al parecer de manera
arbitraria prefirieron destinarme a Ediciones Cubanas.

Allí me destinaron a recibir y distribuir las revistas y prensa de los
altos cargos del Partido, desde Fidel hasta los del Comité Central
pasando por todos los integrantes del Buró político. Me asombró la
cantidad de revistas de periodismo amarillo que debía poner en los
paquetes para los más altos cargos.

A Fidel solo le mandaba revistas norteamericanas de medicina, era una
época en que estaba verdaderamente interesado en la materia y se
involucraba como si fuese médico. Existía a nivel popular la costumbre
de exagerar todas las aptitudes de Fidel, y agregarle algunas que no
tenía, pero entre las verdaderas, es que era un ser extremadamente
estudioso.

Sea con los fines que fuere, siempre que podía estaba o bien leyendo, o
bien preguntando sobre temas de su interés, si sus interlocutores eran
cubanos y tenían la mala suerte que su especialidad le interesaba mucho,
sabían que estaría horas preguntándoles de todo, y por supuesto sin
admitir ninguna pregunta, solo él hablaba, solo él tenía inquietudes, y
solo eran válidas las de él. Así era la cosa con Fidel.

Pero muchos otros del buró político recibían la revista Hola española y
la Paris Match, yo pensaba que estaba bien, incluso si la revista fuese
para ellos y no para sus esposas como me decía el jefe de la sección, en
un intento de adoctrinarme, pero yo pensaba que la gente debe leer lo
que le dé la gana, lo que estaba no del todo correcto es que el resto de
la población no pudiese leer ese periodismo amarillo, y que se lo
demonizase y atacase como un implemento de diversionismo ideológico del
capitalismo.

Considerar a la masa como imbécil, torpe y no preparada para acceder a
los mismos bienes de que hacían uso y disfrute los pinchos, era una
constante de la dirigencia revolucionaria. En casa de los hijos de los
comandantes, o ministros se podían ver los videos de películas como
Rambo, o las de Chuck Norris, que eran las más añoradas, mientras que en
las salas de cine y en la televisión no estaban por ser basura
imperialista y deformadoras de la realidad, pero ellos consideraban que
sus hijos y ellos mismos estaban en un nivel superior para poder acceder
a esos contenidos.

Más o menos lo mismo que pasaba con el hecho de viajar o no. En
realidad, nadie podía viajar más que los cargos que eran del Partido,
excepto los deportistas y algunos científicos, mucho más vigilados estos
segundos que los primeros.

Tenía una cláusula donde dejaba claro que no debía comentar nada de
donde se mandaban esas revistas. Y me imagino que tomarían gente de
cierta confianza, ya que las posibilidades de colocar un veneno en
aquellas revistas era tan real que siempre creí tener una cámara
grabándome desde algún sitio.

Empecé a descartar esto cuando vi las monumentales siestas que se echaba
el jefe apoyado sobre sus antebrazos en el escritorio, con el único
recaudo de cerrar la puerta. O quizás del mismo modo en que se sabía que
todos allí dormían, o faltaban o iban a tomar café o ron, también lo
sabría el que veía las películas de mi cámara imaginaria, entonces al
jefe de departamento en tal caso era lógico que no le interesase en lo
más mínimo. El único que no podría dormirse una siesta en ese caso sería
el de la cámara.

Ediciones Cubanas, calle O’Reilly, en La Habana Vieja. Había que llegar
a tiempo cada mañana para luego echar una cabezadita sobre el
escritorio, porque lo que si era importante en todos los trabajos era
fichar a tiempo, luego se podía ir uno incluso a su casa y regresar
antes del final de la jornada a fichar nuevamente.

El barrio era maravilloso, aunque conociese bien La Habana Vieja, nunca
había reparado en la vida tan agitada y vibrante que tenía lugar en sus
calles. De cierta manera me hacía acordar a los pasajes de Cecilia
Valdés de Cirilo Villaverde, el gentío, la algarabía, el cafecito en la
calle, los pasteles, los vendedores de periódicos vociferando los
nombres de Juventud Rebelde y Granma, de los semanarios cómicos Palante
y Dedeté, y las conversaciones entre los viejos que se encontraban en la
vía pública de casualidad. Haciendo media.

Pero aunque me gustase mucho el trayecto andado por la Habana Vieja, eso
no lograría impedir que los tragos de pisco que me tomé con Evelio
cuando bajé del avión, dos años después de no beber ni una gota fuesen
una premonición de lo que pasaría, al poco tiempo ya estaba beodo cada
noche, así es que comencé a llegar tarde al trabajo, a faltar y a
pedirle un justificante a un médico amigo. Del mismo modo que en la
escuela, para faltar bastaba con que se presentase una constancia médica.

Mi amigo médico, a cambio de algunas botellas de ron, me daba talonarios
de “Hago constar” y yo solía rellenarlo con tres enfermedades que me
había aprendido unos años atrás con motivo de las faltas al colegio.
Faringitis aguda, Sinusitis crónica, y Luxación del tobillo- muñeca,
izquierdo- derecho. Nada de esto era muy novedoso ni original. Todos los
jefes sabían que era cuento, solo esperaban poder tener una
justificación que no los metiese a ellos en problemas por tolerarlo.

Ellos a su vez lo hacían cuando se iban con sus coches de empresa a las
casitas de la playa con sus amantes. Y no pasaba nada. Hasta el director
general faltaba de este modo al trabajo. No digo que no se buscase una
mejor excusa que aquellas enfermedades, me refiero a que eran las mismas
causas.

Aunque cuando más alto era el cargo, más generalizada era la práctica de
faltar al trabajo porque se habían llevado una titi, como se decía a las
chicas jóvenes y que no oponían demasiada resistencia, a una casa en la
playa, acompañados además de sus buenas barrigas, alguna gorrita de
pelotero, un puerco asado y unas cajas de cervezas bien frías.

Source: Ediciones Cubanas y repartiendo revistas “prohibidas” a los
jefes – Havana Times en español – http://www.havanatimes.org/sp/?p=96450

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